Tomarse un café con el enemigo

María Sabine Santana Sosa

En el mundo que habitamos las posturas políticas de la gente son algo que ya no podemos ni queremos ignorar, pero para construir utopías que incluyan a muches, necesitamos escuchar las distintas visiones políticas, filosóficas y espirituales que forman la colectividad.

Toda mi vida acumulé una larga lista de nombres -entre amigos y relaciones- con sus respectivas afiliaciones políticas, hasta que hace un año atravesé por un momento de crisis en el que me cuestioné el significado de aquello. Mi crisis vino de una crítica, en ocasiones percibida y en ocasiones real, de mis círculos sociales que me cuestionaban cómo era capaz de soportar a gente distinta. Los cuestionamientos venían de todas partes, con amigues de un círculo señalando a los del otro.

La confusión llegó a tal punto que busqué a una terapeuta para preguntarle qué significaba mi deseo de soportar tantos disentimientos. Su respuesta fue sorprendente, pues recibí la revelación de una virtud. La psicóloga me dijo que lo más posible era que la cualidad que yo más valoraba en las personas era su deseo de ayudar a cambiar un mundo que a todas luces ya no sirve; las conclusiones a las que llegaban en su búsqueda podían ser distintas a las mías, pero la fuerza que nos movía era la misma.

Esa sencilla hipótesis revolucionó mi forma de ver las relaciones. Ahora estar escuchando los argumentos de porque Morena es el único proyecto viable en un país como el nuestro, para luego oír a un amigo intentar convencerme de que el mercado y los algoritmos son nuestra única esperanza, dejó de ser una actividad culposa. Disfrutar y buscar estas conversaciones era el reflejo de mi deseo de dialogar con respeto y admiración con la gama de ideas que producen las distintas experiencias humanas.

No quiero ser apologética de discursos de intolerancia ni terminar debatiendo con una pared, por eso es importante fijar límites. Los límites sobre con quién podemos o no debatir no deberían enfocarse en las conclusiones a las que los demás han llegado, sino a los valores que impulsaron sus procesos. Por ejemplo ¿sería amiga de alguien que se opone al aborto? La respuesta es que sí, si hubiese pistas para creer que las reflexiones de esa persona se hacen desde el amor a la humanidad y si se sustenta con argumentos que pueda debatir o comprender.

El otro tipo de límite que he tenido que aprender a establecer es no dejar que las personas que dejo entrar a mi vida me hagan daño o dañen a alguien más. Por ejemplo, hace menos de un año tuve que decidir qué tan lejos llevar mi defensa de la postura política de un hombre con denuncias de violencia, yo estaba de acuerdo con sus críticas al punitivismo en el movimiento feminista, pero la seguridad emocional de las mujeres a mi alrededor era más importante para mí. Esas son decisiones políticas, morales y personales que cada quién tendrá que hacer.

Los límites que he fijado me hacen sentir en un espacio seguro ya que me garantizan (o al menos eso quiero creer) que no estoy conviviendo con seres egoístas y macabros. Intento minimizar el riesgo que hacerles daño a otras personas y maximizar las probabilidades de que obtener nuevos conocimientos, experiencia y mayor habilidad para defender las ideas que aún considere correctas.

Es importante atrevernos en serio a pensar que estamos equivocades. Nunca sabremos los puntos débiles de nuestras ideas, no veremos jamás los espacios en blanco de nuestros pensamientos, sino es mediante su duro cuestionamiento. Yo pasé de ser una dedicada joven cristiana a atea y materialista. Cada una de las ideas a las que renuncié significaron también sacrificios emocionales y la incertidumbre sobre mis conclusiones nunca me abandona.

Y es que al final todo esto siempre se ha tratado de intentar no estar del lado equivocado de la historia. Tal vez la verdad no existe, tal vez sí, eso es en sí un enorme debate que me gusta tener. De esta necesidad de poner a prueba nuestras propias creencias es que nace la obligación de explorar las muchas formas de ver y entender el mundo, así como sus consecuentes soluciones a los problemas de este.

Retarnos a nosotres mismes a tolerar una conversación con una persona de ideas radicalmente distintas es una experiencia que mi generación debe tener, porque las utopías son un objeto social y por ello debemos construirlas para muches. Si queremos construir nuevos mundos con más responsabilidad que nuestros antecesores, primero hay que asegurarnos lo más que podamos de que nuestros esfuerzos están construyendo la mejor de las utopías posibles y para eso, a veces es necesario tomarse un café con el enemigo.

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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