Utopías atemporales

Raúl Taiyo

Durante esta cuarentena me he encontrado a mí mismo más atorado que nunca, otra víctima del bloqueo de escritor y, siendo sincero, no sé si sea un problema de inspiración o de motivación, pero las palabras simplemente no vienen a mí. En estos días ha sido mucho más fácil hacer otras cosas como leer, meterme a cursos o asistir a webinars; quizá es un mecanismo de defensa, buscar alguna fuente de normalidad en lo abnormal, encontrar espacios conocidos en lo incierto y familiaridad en la incertidumbre.

Al anunciarse la cuarentena, quisimos continuar con nuestras vidas o no romper con las rutinas, continuando con nuestros calendarios y apostando por digitalizarnos. Claramente, siendo quien soy, me encontré a mí mismo pidiendo perdón por postergar tanto el escribir.

Qué pinche es la manía de estar pidiendo perdón y excusarnos por necesitar tiempo, pareciera que es el acto más imposible y egoísta que podemos pedir: necesitar tiempo. No es sorpresa que John Tomlinson denuncie una “cultura de la velocidad” inmersa en las dinámicas y contextos sociales contemporáneos en los que, como el Sr. Monopoly nos dice, “el tiempo vale oro”. Esta cultura a la que hace referencia se enmarca en una necesidad de inmediatez, tanto espacial como temporal; el rol simbólico y constitutivo que damos al tiempo, un papel protagónico que le asumimos y no cuestionamos.

En todo caso, si el tiempo vale oro, ¿de cuánto es la conversión de la que hablamos?, ¿Vale la pena trabajar desde esta lógica? ¿Vale la pena lo amargo de vivir sin tiempo? Yo no sé en qué momento tergiversamos el tiempo, quién nos dijo que teníamos que asumirlo, quemarlo o aprovecharlo. ¿A los cuántos años vemos los frutos de seguir viviendo así? ¿Por qué no lo repensamos?

¿Cómo repensarlo? Empezaría por pensarlo como ajeno a la producción, a la mecanización o a la productividad, señalando la necesidad de disociarlo del dinero. Pensar el tiempo desde su propia categoría, sin atarlo a procesos, prácticas o aparentes discursos modernos. James Rhodes tiene razón: no dimensionamos el valor de la lentitud, muchas veces menos es mejor. Justo como Rhodes se pregunta, ¿cuándo perdimos la capacidad de asombro por simplemente ser

Imaginemos esta utopía, una en la que no existe el tiempo, bueno, no como lo conocemos o queremos entender. Un mundo donde se trabaja desde la revolución más grande: el amor propio, porque eso es darnos tiempo. Un acto que desafía lo preestablecido, y se rehúsa a ser negligente; una acción egoísta que advoca por todos; una revolución que no puede trabajar dentro de la misma lógica que da por sentado el tiempo. En esta utopía, el tiempo se entiende desde los momentos, por presentarse como nuevas oportunidades para ser y estar.

Esta utopía es factible porque reconocemos el tiempo como un elemento constitutivo de la  vida y como John Berger señala, existe una diversidad de tiempos que como humanidad vivimos en momentos históricos y políticos; tiempos de memoria y duelo; tiempo de amor y esperanza; tiempo del cuerpo biológico; el tiempo de la resistencia; el tiempo de la naturaleza; el tiempo de los sueños; y el tiempo para la existencia.

La apuesta por replantear nuestra relación con el tiempo, es una inversión en nosotros mismos, una superación a la relación dependiente y a la interconectividad e hiperproductividad que parece la traemos en la sangre; abandonamos las ansiedades y patologías que a veces nosotros mismos nos causamos. 

Esta es una utopía posible que podemos reconfigurar en la nueva normalidad. Empieza por reconocer la belleza de lo paradójico que es ser y existir, una acción tan simple y compleja a la que usualmente no le damos tiempo para asimilar. Así comienza mi utopía. Con tiempo, lento, día por día, una nueva normalidad que se replantea desde la unidad más básica y esencial: el tiempo.

Imaginemos un mundo donde se trabaja desde la revolución más grande: el amor propio, porque eso es darnos tiempo. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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