Amores diversos y nuevas normalidades

Dan Hernández

Nunca pensé que la piel pudiese pesar tanto. Que, a falta de contacto, la epidermis fuera capaz de volverse tan rígida y, a la vez, tan sedienta. Brinqué de la rutinaria y casi inconsciente tarea de embadurnar con crema mis manos a recorrer con el índice derecho los intersticios que forman mis dedos. Últimamente, las actividades del día a día se convierten en hallazgos y aquella mañana yo ya había dado con el descubrimiento del lunes. Ahí estaba, repasando esos nudillos con los cuales siendo niña me enseñaron a diferenciar entre los meses que tienen 30 días y los que tienen 31, cuando la nostalgia me inundó de lleno. Las caricias propias me recordaron al último mimo que alguien más trazó en mi hombro. Me acordé de esos abrazos que recibí sin que alguien me anunciara que sería la última dosis en mucho tiempo.

La cuarentena hace tiempo que desbordó los cuarenta días, y mi espalda, mi boca y mis manos empiezan a sufrir melancólicamente los estragos de la falta de contacto. Desde todos los espacios a donde ahora se trasladaron los encuentros, leo y escucho los lamentos de quienes constreñidos por las instrucciones oficiales llevan muchos días sin probar los labios deseados. La gente ha dejado de pensar en qué es lo que más desearía comprarse para dilucidar en a quién abrazará primero. Quienes no tienen la suerte de estar refugiados con su pareja, añoran caminar de su mano por las calles del lugar en donde residen. Y pienso que ojalá todo esto termine pronto y podamos apretarnos contra esos cuerpos que tanto queremos.

Todavía flotando entre estos anhelos, recuerdo la noticia que leí un par de días antes. El artículo informaba que, según datos obtenidos por la organización Letra S, en el 2019, los asesinatos contra las personas disidentes sexuales aumentaron un 27% respecto al año previo. El texto también subrayaba, como se ha hecho desde siempre y sin que se le conceda la importancia que merece, que la principal característica de los homicidios en contra de la población LGBT+, es la saña con la que se llevan a cabo. Y es que, en este país, el segundo lugar a nivel mundial en crímenes de odio por razones de orientación sexual o identidad de género, a las personas no cisheterosexuales no solo se nos asesina con impunidad por ser quienes somos y amar a quienes amamos, sino que, además, se nos tortura el cuerpo y la dignidad antes y después de que se nos arrebate la vida. 

No puedo huir de una conclusión dolorosa. Hoy, las instrucciones son claras: nada de besos ni abrazos ni ninguna expresión de afecto en las calles para nadie y por nadie. Las posibles consecuencias de que se infrinjan esas medidas también son obvias: las personas rebeldes pueden contagiarse del virus que ha paralizado al mundo y poner sus vidas en riesgo. Una vez que la crisis de salud pase, este costo tan alto, este peligro mortal que implica expresar tu cariño a la luz del día, se nos va a seguir cobrando -como se nos ha cobrado a lo largo de la historia- a las lesbianas, las mujeres trans y demás partes del colectivo LGBT+.

Independientemente de que se controle la pandemia, muchas personas seguiremos apostando y perdiendo la vida a cambio de la expresión de nuestros afectos. Porque la ignorancia genera miedo y el miedo genera odio y discriminación y este ciclo es tan letal como una crisis epidemiológica. La diferencia es que, en estos casos, quien termina con la vida de una persona no es un virus, sino otra persona. La diferencia es que esta emergencia no es temporal, ni reciente ni afecta a todas y todos. La LGBT+fobia se ensaña contra los cuerpos y amores disidentes que, por la misma lógica del sistema, somos de por sí, permanente y altamente vulnerables. 

La nueva normalidad se anuncia por todos lados, y yo no hago más que pensar que la verdadera novedad sería que el día que los cuerpos vuelvan a las calles, también puedan salir libremente los amores. Imagino una nueva normalidad, donde las expresiones de afecto no sean privilegio de ciertas relaciones. Y, sobre todo pienso en un día a día en donde a pesar de que haya amores que mueren/mueran, no haya muertes por amar a quien se ama

El contexto nacional e internacional ha provocado muchas reflexiones sobre el valor que todas las personas merecemos, ojalá estas cavilaciones sean transversales y profundas y de una vez por todas, las diversidades sean consideradas. Quién sabe, quizá ahora que todas y todos hemos experimentado cómo se vive la prohibición de demostrar nuestros quereres, seamos defensoras y defensores de un amor más justo.

La utopía es esa: imaginemos una sociedad con afectos consensuales que no sean mortales para nadie. Aprovechemos que aconteció lo inimaginable. Lo que solo en la ciencia ficción sucede. El mundo entero se detuvo, la economía y la política se sacudieron. Las cortinas de los grandes centros comerciales bajaron y las calles quedaron vacías. Solo en otro par de ocasiones, la humanidad ha superado crisis de esta dimensión, pero las generaciones de ayer se enfocaron en solucionar las deficiencias monetarias y de seguridad y regresaron a habitar los espacios bajo las mismas lógicas de siempre, cobrándole muy caras las existencias a las diversidades. La incertidumbre no les fue suficiente para entender lo que implica que seamos mortales y hoy la historia nos lo vuelve a poner sobre la mesa.

Si encontrar una vacuna ahora es importante, aprender a relacionarnos en y con la pluralidad no lo son menos. Que mañana que llenemos las calles, sea dejando en libertad las vidas y los amores. Todos los amores. O mejor nos quedamos en casa.

La verdadera novedad sería que el día que los cuerpos vuelvan a las calles, también puedan salir libremente los amores. Imaginemos una sociedad con afectos consensuados que no sean mortales para nadie. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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