Cuestionar la utopía para hacerla posible

Damián Carmona Moreno

«¿Y de verdad crees que cambie algo después de esto?»

La pregunta retumba en mi cabeza y siento una especie de vacío. Siento la necesidad de la desesperanza, de correr apartándome lo más rápido y lejos posible de ella. ¿Y si mejor nunca salimos a las calles? ¿qué tal si ignoramos las situaciones que afuera pasan? ¿cuánto tiempo necesita el cerebro humano para terminar el proceso de construcción y adaptación, operativa y emocional, de una normalidad? ¿encerrarnos en nuestra casa nos brinda de cierta manera una sensación de seguridad, tranquilidad, confort y es desde ahí que pensamos que todo cambiará después de la pandemia?

Respiro. Y me repito la misma pregunta.

En ‘El coraje de la desesperanza’, Slavoj Zizek hace una crítica a quienes se acercan a interpretar la realidad, la encuentran caótica pero, aseguran, hay una luz al final del túnel. Zizek, defendiendo a la desesperanza –o el pesimismo–, pregunta: ¿y si la luz que vemos al final del túnel no es más que un tren que va directo hacia nosotros?

Ser utópico y pesimista podría resultar para muchos un oxímoron porque el pesimismo da la impresión de ser infértil mientras la utopía busca tierra fértil para ser sembrada pero, desde mi punto de vista, para que la utopía pueda ser posible requiere de trazar –sí, con la imaginación– pero también con una dosis de realidad. Requiere del pesimismo como una forma de reconocimiento de la tierra donde busca ser sembrada.

Vuelvo a repetirme la pregunta y caigo en cuenta. La respuesta la venía encontrando desde las Cartas de Nueva York, las conversaciones con el director de mi –también utópica– tesis y en las #UtopíasPosibles que nos han compartido:

La utopía, dijo alguna vez Galeano, sirve para caminar porque se encuentra en el horizonte. El horizonte lo formamos con la simple idea de que podemos caminar; caminamos para no estar parados en una realidad que nos niega el derecho a vivir con dignidad, porque pensamos que otras formas de vivir son posibles.

Pero para poder caminar, diría el otro Galeano, el sub, hay que preguntar. Si en la utopía se confía a ciegas, se llena de discurso bonito, oculta las diferencias, enmudece las desigualdades, y borra el pasado, no es más que una buena intención un tanto macabra. La utopía, para ser posible, debe ser cuestionada. Dudarse de ella hasta en el último instante, porque por definición rompe con las certezas. Requiere de la realidad porque nace de ella, de cuestionarle para obtener las coordenadas, y requiere de las y los otros, porque cómo construir algo distinto si solo entre todxs sabemos todo.

Y ahí está. La respuesta es que la pregunta en sí invita a la utopía; las cosas no volverán a ser igual, pero me resta preguntarme, preguntarte, preguntarles, preguntarnos, ¿cómo queremos que las cosas sean cuando el abrazarnos deje de ser una utopía y la nostalgia por la calle cese?

«¿Y de verdad crees que cambie algo después de esto?» La utopía, para ser posible, debe ser cuestionada. Dudarse de ella hasta en el último instante, porque por definición rompe con las certezas. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: