Reorganizando el trabajo

 Alejandra Padilla

Ante la pandemia que actualmente enfrenta el mundo entero, la respuesta de la mayoría de los gobiernos ha sido establecer el aislamiento social como la principal medida de prevención de contagios. Dicho aislamiento ha implicado cerrar múltiples espacios, solicitar a la población salir lo menos posible, y trabajar desde casa si es opción. Esta situación extraordinaria que vive el mundo está mostrando, entre muchas otras cosas, lo desorganizada y desigual que resulta una sociedad en la que el trabajo remunerado y el trabajo doméstico y de cuidados no son compatibles.  

La forma en la que se organiza el trabajo en la actualidad –desde antes de la pandemia– se sustenta en un estereotipo de trabajador ideal para el modelo económico actual: una persona que está disponible todo el día. Es decir, que puede trabajar más horas de las establecidas por la ley y puede resolver lo que se requiere en cualquier momento. Esto es particularmente visible en México, donde la jornada laboral promedio es más larga que en otros países de la región. Este estereotipo permea los procesos de contratación y crecimiento dentro de los espacios laborales, ya que la disponibilidad es reconocida, en muchos casos, como la medida del compromiso y la productividad. 

La idea del trabajador ideal se sustenta en una división sexual del trabajo en la que mientras alguien dedica su vida entera a trabajar –en una oficina, en un negocio, en un taller, es decir, fuera de casa–, alguien más resuelve todo aquello que sucede en el ámbito doméstico sin recibir una remuneración ni reconocimiento: limpieza, compras, preparación de alimentos, cuidado de niñas, niños, personas con discapacidad, personas enfermas, mascotas, entre otras tareas. Históricamente, hemos sido las mujeres quienes realizamos estas tareas. Es decir, “el trabajador ideal” requiere de una “ama de casa”.

Sin embargo, somos nosotras las que nos enfrentamos a la doble jornada cuando, además de realizar todas las labores no remuneradas del hogar, trabajamos de forma remunerada fuera de casa. Aunque de una manera distinta, este estereotipo también impacta en la vida de los hombres, ya que ven limitadas sus posibilidades de tener una vida fuera del trabajo y de ejercer paternidades corresponsables. Mientras tanto, el Estado, los espacios laborales y la comunidad, miran hacia otro lado. 

La pandemia ha mostrado este absurdo llevado al extremo. Para ejemplificar la incompatibilidad estructural del trabajo remunerado y el trabajo doméstico y de cuidados basta un ejemplo. En nuestro país, la Secretaría de Educación Pública (SEP) tomó la decisión de cerrar las escuelas antes del cierre de espacios laborales. Una decisión tomada de forma descoordinada entre la SEP y la Secretaría del Trabajo y Previsión Social impactó en la vida de muchas personas. ¿Quién cuidaría a niños y niñas mientras sus padres y/o madres trabajan? Claramente este es un asunto que ni el Estado ni los centros de trabajo asumen como propio, incluso varios funcionarios públicos, incluyendo el Presidente, han comentado en diversos momentos que dentro de las familias y por parte de las mujeres, se resuelven los cuidados.

Esta situación no es nueva. ¿Por qué los horarios escolares son incompatibles con los horarios laborales? ¿Por qué el Estado no crea un sistema de cuidados que tenga un lugar para cada niño o niña? ¿Por qué los espacios laborales son incapaces de construir una cultura organizacional donde se considere que las personas tienen una vida además del trabajo?

En años recientes, el trabajo flexible –entendido como trabajar en casa- se ha vendido como la vía para lograr un futuro donde exista “conciliación de la vida laboral y personal”. La pandemia nos adelantó ese futuro y lo que estamos viendo no es precisamente alentador. Es importante mencionar que son muchos los trabajos que no pueden realizarse desde casa, y en este momento es un privilegio poder hacerlo.

No obstante, debemos cuestionar ese privilegio con miras al futuro.De poco o nada sirve el trabajo flexible sin un Estado que asuma su responsabilidad en las labores de cuidado, sin una transformación profunda en la organización del trabajo y sin una repartición más igualitaria de las labores domésticas y de cuidados –tanto en parejas heterosexuales como homosexuales. Si algo nos está demostrando esta pandemia, en la que muchas familias están desesperadas y agotadas de resolverlo todo en casa, es que los cuidados no pueden ser una responsabilidad individual.

Imaginemos una sociedad en la que las labores domésticas y de cuidados se redistribuyen en la comunidad, a través de redes e instituciones públicas. También, imaginemos espacios laborales que promueven una cultura del trabajo basada en objetivos, donde se respetan horarios y donde la productividad y el compromiso no se miden a través de reglas que benefician mayoritariamente a aquellas personas que pueden –gracias a un trabajo invisibilizado detrás– dedicarse solo a trabajar.

En los últimos años, empresas de todo el mundo han comenzado a implementar estrategias en este sentido como, por ejemplo, impedir que las personas reciban o envíen mensajes después de cierta hora. No obstante, todavía hace falta mucho por hacer. La forma en la que se organiza el trabajo se está transformando y es momento de pensar cómo organizarlo de forma más justa. 

Imaginemos una sociedad en la que las labores domésticas y de cuidados se redistribuyen en la comunidad, a través de redes e instituciones públicas. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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