La utopía de las flores trompeta

Emilia Morales Martinelli

Desde pequeña recuerdo el final de febrero, los principios de marzo y el calor de abril cubierto con una manta morada que los calentaba. Cierro los ojos y vuelvo a esos años en los cuales mis días se pasaban mientras yo desenredaba misterios en el cabello negro de mi mamá, buscaba tesoros en la barba de mi papá y soñaba con construir mundos con mi hermana. No existían utopías porque vivía en una. Esperaba que mi futuro fuera igual al presente, esperaba que mi futuro estuviera lleno de tapetes de jacaranda.

Conforme fui creciendo, la idea de construir otros mundos siguió presente. Pero algo cambió. El imaginar otras formas de vida ya no era un juego en el cual mi hermana y yo pudiéramos confundir las figuras de las nubes con algún sueño y entonces tuviéramos una idea. Ahora, este pasatiempo que había coloreado tantas veces nuestras tardes se volvió una necesidad. Nos fuimos dando cuenta que el mundo que habitamos en realidad no estaba construido para nosotras, descubrimos que afuera de nuestro patio de juegos existían monstruos con dientes muy grandes y odios muy profundos.

Un día, la oscuridad de nuestro cuarto ya no parecía mala en comparación con las calles sin iluminación que teníamos que caminar para llegar a casa: dejamos de avanzar en la vida pensando que la noche era esta nueva aventura en la que nuestra misión era encontrar las estrellas. Tuvimos que aprender que la misión era poder llegar a casa. También descubrimos que existían otras mujeres que vivían con los monstruos.

Así que un día agarramos nuestros miedos y descubrimos nuestras heridas para poder empezar a imaginar en qué tipo de mundos queríamos vivir. Primero nos dimos cuenta que lo más importante es que queríamos vivir de una forma digna en la cual pudiéramos estar contentas, pero para que esto pudiera suceder, teníamos que vivir todas; entonces nos miramos y pudimos reconocer en los ojos de la otra que estábamos tristes, muy tristes, porque extrañamos a muchas mujeres, porque nos hacen falta cada día.

Nos volvimos a mirar y ahora encontramos nuestra mirada encendida, nos prometimos que nunca íbamos a dejar de nombrar a nuestras compañeras que ya no están, que no permitiríamos  que nadie olvide sus nombres, sus caras y sus sueños. Nos juramos que cada que el sol saliera sería un nuevo día para seguir buscando a nuestras desaparecidas. Decidimos que el fuego se iba a volver nuestra arma contra la oscuridad, pero también contra el olvido; así cada que alguien viera la llama arder, sabría que la encendimos nosotras, las mujeres de la digna rabia.

Seguimos imaginando y nuestros sueños se volvieron pintura igual que cuando éramos chiquitas. Mi hermana utilizó sus brazos de pinceles y empezó a trazar una realidad en la cual todas las mujeres pudiéramos bailar, bailar mucho, bailar sexy, bailar solas, juntas, libres, locas, contentas, tristes, encueradas, bailar cumbias, salsas, perreos, bailar con técnica o sin ella. Yo quedé tan maravillada al verla, tan entusiasmada y feliz que descubrí que en este nuevo mundo lo que yo quería era que lo construyéramos juntas, quería colorear cada rincón de nuestra vida con los sueños de todas pero también sabiendo que muchas veces nuestra nueva tinta iba a venir de ese dolor que compartimos, porque en este nuevo mundo nosotras íbamos a poder sanar juntas, crecer fuertes y existir libres.

Estuvimos horas y horas pensando en los distintos sabores que iba a tener este nuevo mundo, dejamos que nuestras risas plantaran las flores de los nuevos paisajes, nos abrazamos tantas veces como granos hay en la arena, y entonces nos pusimos a trabajar. Salimos a las calles y empezamos a tomarlas, nos dimos cuenta que no solo éramos nosotras, de repente había miles, unas locas que llevaban pañuelos verdes colgados de sus cuellos, otras que sólo dejaban ver su mirada pero con eso era suficiente porque con ella quemaban todo, unas más que no dejaban de besarse, otras que hacían que sus senos bailaran con el viento, también estaban las mamás guerreras que no paraban de buscar a sus hijas, a su lado estaban las que no les soltaban la mano ni les dejaban de repetir que nunca iban a estar solas.

Todas sabíamos que caminábamos juntas y que nuestras voces se volvían cantos cuando nombramos a las que nos arrebataron. Era un día cualquiera de la primavera, las jacarandas nos acompañaban en cada paso, esas flores empezaron a representar esperanza y resistencia. Las jacarandas se volvieron las trompetas de nuestra orquesta. Desde entonces cada día este sueño, esta utopía, este nuevo mundo estuvo un pasito más cerquita.

Nos juramos que cada que el sol saliera sería un nuevo día para seguir buscando a nuestras desaparecidas. Decidimos que el fuego se iba a volver nuestra arma contra la oscuridad, pero también contra el olvido. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

2 comentarios sobre “La utopía de las flores trompeta

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