Cuarentenas atemporales: futuros transfronterizos

Alejandra Guerrero

La gente no se mete en lo que no le importa

todo respetan, cada quien vive su vida

lo más hermoso de la gente en la frontera

es que es mi gente y cada vez es más unida

Juan Gabriel, “En la frontera”

Era una tarde calurosa de agosto de 2015 en Mexicali. El sol, como suele suceder en esta ciudad, era implacable mientras caminábamos por las calles de Valle de Puebla, un proyecto de vivienda social a solo millas de la frontera México-Estados Unidos; El proyecto fue construido por una serie de desarrolladores y financiado por Infonavit, el instituto federal de vivienda social donde trabajaba. Esa mañana revisamos datos del complejo. Las tasas de criminalidad habían aumentado, así como el tráfico de drogas y el abandono de vivienda, Una mala noticia para el mayor prestamista hipotecario del país. Problemas como este a menudo resultan en menos ventas y pagos, y mi jefa propuso una visita al sitio.

Armando, mi compañero por el día, me contó sobre el mercado ilegal de alquileres en las casas que los propietarios abandonan.

Probablemente el 90% de las personas a las que apuntan los propietarios ilegales son inmigrantes centroamericanos, deportados. Son inofensivos pero los vecinos no confían en ellos y las autoridades, incluidos nosotros, los quieren fuera. 

Nos detuvimos a ver las casas del mercado negro. 

Bueno, ¿podemos hablar con Inmigración para ayudarlos? ¿Quizás un refugio?, le pregunté.

Podríamos, pero no son muy útiles y trabajan demasiado. Mira, estas casas no tienen agua corriente ni electricidad, son básicamente lo que quedaba después de que los dueños se fueron menos lo que fue robado y recuerda que esta gente vive aquí ilegalmente. 

Yo ya estaba acostumbrada a ver lugares como éste: desarrollos de vivienda masivos, producto del boom inmobiliario donde las condiciones se habían deteriorado rápidamente. Parecían pertenecer a la película de Mad Max más que a nuestras ciudades, eran viviendas de ficción. Aún así, cuando visitaba desarrollos fronterizos, los problemas de la gente siempre me parecían personales. Después de todo, yo era una norteña haciéndome camino en la capital. Observé las casas con tristeza. Había poca evidencia de actividad humana, las puertas y ventanas estaban cerradas con madera reciclada o bolsas de basura. Dudé sobre acercarme a platicar con las personas que apenas se vislumbraban en las sombras, ya me habían advertido sobre tales esfuerzos.

¡Ale, Mexicali tiene la mejor comida china en México, vámonos, conozco historias bien locas de La Chinesca!

Y nos fuimos.

En septiembre de 2016 me mudé a Los Angeles, en medio de la agitación sobre la plataforma política que el candidato presidencial Donald Trump promovía, gran parte de la cual se centró en destruir las relaciones diplomáticas con México y en criminalizar a sectores enteros de la comunidad latina. Incluso yo, con mi privilegiada visa de estudiante, me sentí intimidada por el clima político; nunca me había imaginado como “El Otro”, nunca me había enfrentado a este sentimiento abrumador de incertidumbre.

Sin embargo, tenía grandes expectativas sobre la ciudad, sabiendo que tenía un alto porcentaje de inmigrantes y que era una ciudad multicultural y liberal. En Los Ángeles descubrí capas complejísimas de identidad e historia latina, entendí la lucha migrante y reconocí las contradicciones nacionales: conocí una cultura chicana totalmente nueva para mí, pero no completamente ajena. Recorrí barrios que a través de sus habitantes cuentan historias de legados culturales y re-imaginan identidades colectivas. Hay zonas, en la ciudad angelina, que son geografías compartidas gracias a las personas migrantes.

Y así imaginé un futuro diferente de países compartidos.

En el norte entendemos la frontera de manera diferente: aquí se entienden las ciudades fronterizas como una región entera cultural, económica y físicamente codependiente; una especie de zona compartida. Familias que compran en el supermercado en McAllen, pero viven en Reynosa; niñas y niños que van a escuelas privadas en Del Río, pero regresan a Acuña cuando es hora de la comida; empresarios mexicanos que viven en San Antonio, pero que viajan cada dos semanas a Torreón para atender sus negocios.

Picnic en la frontera | Foto: @JR

En nuestras ciudades fronterizas, las comunidades se alimentan una de la otra, sorteando la cicatriz que está presente física y emocionalmente, la barrera hidrológica y geopolítica siempre está en nuestra mente. Se comparten con frecuencia historias y anécdotas sobre la migra. ¿Quién fue el afortunado –o desafortunado– cuando pasó frente a un funcionario norteamericano? Algunas situaciones son jocosas, otras no tanto.

Por aquí también se ven con frecuencia sureños que emigraron a estados del norte buscando cruzar y al final no pudieron. Sus historias son diferentes. No son sobre procesos burocráticos molestos, compras o negocios. Son sobre futuros que les fueron negados en México y aún son una posibilidad en Estados Unidos.

En estos días de encierro pienso en sus historias con regularidad. En el destino de las personas que viven en estas fronteras, en sus vidas y en su supervivencia. En los “compas” de Valle de Puebla, los “pochos” de Lincoln Heights y la “raza” de Piedras Negras. Los que diluyen las líneas que nos separan, que nos encuentran entre idiomas y construyen un horizonte transfronterizo compartido.

Hay zonas que son geografías compartidas gracias a las personas migrantes. Y así imaginé un futuro diferente de países compartidos. #UtopíasPosibles


Cuarentenas atemporales es una serie de conversaciones sobre otros tipos de confinamientos que existían antes de la pandemia y que probablemente sigan existiendo después de ella. Conversar sobre estas realidades busca visibilizarlas, pero también imaginar posibles futuros donde el confinamiento social se deje de normalizar.

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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