Cartas de la Ciudad de México: comorbilidades como desigualdades

Georgina Jiménez y Mónica Meltis Véjar

Hace poco tiempo hablamos con un doctor sobre el nuevo coronavirus: se llama Juan y es jefe del área de urgencias en un hospital público de San Pedro Cholula. En ese tiempo, hace unas tres semanas, los casos de coronavirus no eran tantos como ahora, pero igual Juan había tratado ya unos 20 o 25 casos. En algún punto de la discusión, la plática tornó hacia la responsabilidad individual que tiene cada quien en la cuarentena. “Me frustra salir de trabajar y ver a la gente en la calle como si no pasara nada”. En algún punto, hablamos sobre las enfermedades asociadas a que se agrave el coronavirus. “Ayer, por ejemplo, traté a una chica que ya venía muy mal, pero también, debió haber medido como metro y medio y pesado más de 100 kilos”.

No sabemos mucho del nuevo coronavirus, pero dentro de lo poco que sabemos, es que la edad avanzada, la hipertensión y la diabetes aumentan la probabilidad de que la enfermedad se complique. Algunas investigaciones apuntan incluso a que la obesidad por sí sola puede ser el segundo padecimiento más amenazante para la población con Covid-19​, sólo después de tener más de 60 años. Para México, un país donde el 75 % de la población tiene sobrepeso u obesidad; el 14 %, diabetes; y el 25 %, hipertensión, éstas son pésimas noticias.

La obesidad no es un tema exclusivo de México. De hecho, nunca antes en la historia había habido la cantidad de personas obesas o con sobrepeso que hay hoy en el mundo. Este porcentaje está asociado con otras complicaciones de salud, pero se le suma además una carga discriminatoria que afecta la vida de las personas de formas tan profundas como dolorosas.

Esta misma carga discriminatoria, y tal vez también nuestro arraigado individualismo, hacen que frecuentemente se culpe a las personas por su condición de salud y especialmente por su peso; obviando así todas las condiciones estructurales de las que depende el acceso a lo necesario para mantenerse sanas: alimentos saludables, tiempo para hacer actividad física, acceso a agua potable y servicios de salud.

La gordofobia está tan arraigada que casi siempre asumimos que pesamos según lo que comemos, y que depende sólo de nosotros mantener un buen estado de salud –una especie de echaleganismo de la salud–, a pesar de que cientos de investigaciones indiquen que no necesariamente es así.

Las mujeres son mucho más proclives que los hombres a tener obesidad e hipertensión y, si bien es en parte por temas genéticos, el poco tiempo libre, la carga del trabajo de cuidados y la precariedad económica también explican en parte que las mujeres estén más enfermas.

Además, la desigualdad no sólo se refleja en los cuerpos de las personas, sino que hay que sumarle una oferta pública de salud y cuidados que no alcanza para tratar a todas las personas de forma digna. Sabemos que el acceso a la salud en nuestro país está ligado a la situación laboral de las personas, lo que provoca que hasta finales del año pasado casi 52 millones de mexicanas dependieran del ahora extinto Seguro Popular, la única cobertura de salud no ligada al empleo. En las zonas más pobres del país, menos del 2 % de la población está afiliada al IMSS y también existe una brecha de género en el acceso a la salud.

Sí, es cierto que a cualquiera puede darnos coronavirus y que todas las personas podemos contagiarnos y, potencialmente, morir por la enfermedad. Sin embargo, este virus aterriza en una sociedad definida por vulnerabilidades sociales diferenciadas previamente. De tal forma que, al igual que todas las epidemias, las muertes cobradas por el Covid-19 no son ni serán aleatorias.

Imaginemos entonces un mundo en el que somos capaces de reconocer que estas comorbilidades se derivan de vulnerabilidades sociales causadas por una estructura de desigualdades de racismo y machismo que valora las vidas de las personas de formas diferenciadas pero que, además, somos capaces de nombrar y acompañar desde los cuidados más amorosos a quienes enferman.

Imaginemos un mundo en el que se asume la responsabilidad de los cuerpos y las comorbilidades, en el que las cargas individuales se disuelven y nos responsabilizamos colectivamente de los padecimientos de todas. 

Imaginemos también un mundo en el que el derecho a la salud es tratado como lo que es: una condición indispensable del derecho a la vida; y entonces la salud no se regatea, no se condiciona y no se vende. Donde todas las personas tienen acceso a la misma calidad de servicios de salud, independientemente de su situación laboral, escolaridad o sexo… o de la relación entre su estatura y su peso. 

Imaginemos además un mundo en el que todos los cuerpos son tratados con profundo amor y respeto, donde ni los cuerpos ni las decisiones de salud de las personas son considerados sujetos del escarnio público.

La pandemia –se ha dicho mucho también pero no lo suficiente– ha traído la posibilidad de repensarnos, destruir esa estructura y reconstruirnos desde un lugar más justo. Tenemos la oportunidad de invertir extensivamente en un sistema de salud con una perspectiva de justicia social y un sistema económico que no esté solamente basado en la producción a costa de nuestros cuerpos, territorios y espacios compartidos.

Imaginemos un mundo en el que el derecho a la salud es tratado como una condición indispensable del derecho a la vida, y entonces la salud no se regatea, no se condiciona y no se vende. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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