Descolonizar la salud mental

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Maynné Cortés

En México, ir a terapia es una ruleta rusa emocional. La poca regulación hacia prestadores de servicios de salud mental lleva a que personas que estudian únicamente un diplomado o que se consideran “buenas para escuchar” se anuncien como psicólogxs.

Esto es aún más peligroso si consideramos que la población en general no cuenta con mucha información sobre los criterios correctos para elegir terapeuta, por lo que para la mayoría de las personas, el proceso de buscar una terapia se reduce casi siempre a pedir recomendación a alguien cercanx.

Acá una historia que tal vez resulte familiar, sobre todo en los últimos días: tus niveles de ansiedad han aumentado, te sientes triste y te es más difícil sobrellevar el día a día. Llevas un rato sintiéndote así, entonces lo platicas con algún amigx, que te da la temida sugerencia que ya había rondado tu cabeza antes: “deberías ir a terapia”.

Y así empieza lo que puede ser una bella historia de sanación y autoconocimiento o la historia de terror que a tantas personas ha llevado a concluir que “la terapia a ellxs no les sirve”, pero se han preguntado, ¿por qué no les sirvió?

Y es que incluso si el/la terapeuta recomendadx tiene una formación adecuada, nada garantiza que no vaya a ser machista, LGBT+fóbicx o que no tenga prejuicios estigmatizantes sobre las personas con discapacidad psicosocial (personas con algún diagnóstico psiquiátrico).

Algo que es necesario reconocer es que prestar servicios de salud mental es un acto político. La psicología –como el mundo– ha estado históricamente dominada y definida por *redobles de tambor* … hombres blancos y europeos. 

¿Esto qué tiene que ver con la forma en la que se dan los servicios de salud mental?

TODO. Los orígenes blancos y acaudalados de la psicología/psiquiatría ocasionan que la propia formación académica –también herencia del colonialismo– refuerce y perpetúe sesgos racistas, clasistas, misóginos, colonialistas y capacitistas.

Problematizar las teorías que se enseñan y su funcionamiento histórico como mecanismo de opresión hacia distintas personas/poblaciones, casi siempre termina siendo algo que lxs psicólogxs debemos hacer de manera individual, pero que nunca se exige por parte de las instituciones que nos forman. Como consecuencia de esto, muchísimxs terapeutas prestan sus servicios sin tener claridad sobre cómo las problemáticas sociales y las desigualdades existentes en nuestra sociedad impactan y determinan la salud mental de sus pacientes. Conocer los entramados de opresiones que viven las personas que atendemos es vital para poder realmente guiar sus procesos de sanación. 

Esto implica también reconocer nuestro papel como gremio que históricamente ha oprimido a las personas con alguna discapacidad psicosocial. Tenemos que pasar de un enfoque estigmatizante y deshumanizante a uno de empatía, conexión y escucha. Si bien nosotrxs tenemos una expertise académica, las personas con discapacidad psicosocial/neurodivergentes, son expertas por experiencia.

También hay que cuestionar lo que entendemos por enfermedad mental, pues suele ser un concepto patologizante que no contribuye a la mejoría de quienes tienen algún diagnóstico psiquiátrico. Por ejemplo, un aspecto importantísimo respecto a la enfermedad mental es que casi siempre está asociada a factores de vulnerabilidad social; no es gratuito que la depresión sea más común en mujeres o que el riesgo de desarrollar alguna psicosis se duplique para personas de escasos recursos. 

Nunca hay que dejar de cuestionarnos, ¿Por qué este síntoma en este cuerpo? ¿Qué opresiones atraviesan a esta persona? ¿A quiénes beneficia más que esta persona sea tratada como si estuviera loca? ¿Qué relación tiene el color de piel de mi paciente con la manera en la que su contexto se relaciona con él/ella? ¿Quién estableció el parámetro de comportamiento “normal” en esta sociedad? ¿Cuáles eran sus privilegios? ¿Cuál era su experiencia?

Trabajar y dialogar respecto a la salud mental tiene un potencial enorme al momento de impulsar cambios sociales urgentes, pero para hacer esto de la mejor manera, tenemos que cuestionarnos constantemente, escuchar, dejar a un lado el mito de que todo el conocimiento válido está en la academia y generar estrategias para socializar el trabajo emocional.

Descolonizar la salud mental debe dejar de ser una utopía y empezar a ser una obligación para todo profesionista dentro del gremio. Extendamos el diálogo más allá del gremio e imaginemos mejores aproximaciones, hablemos de derechos humanos y empatía, dejemos el lenguaje estigmatizante y, sobre todo, escuchemos mucho, porque en un mundo aparentemente sordo, escuchar sana.

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

Un comentario en “Descolonizar la salud mental

  1. Hola. También soy colega con perspectiva feminista y agradezco bastante que pongas el tema sobre la mesa, es de suma importancia no sólo para los profesionales sino para los consultantes a los que acompañamos. Gracias también por retomar la situación del capacitismo y el impacto que la psicología ha tenido para la estigmatización y discriminación de las personas con discapacidad psicosocial. Pero quisiera aclarar que no sólo ha sido hacia ellos, también ha sido para la personas con discapacidad en general. Por tanto, me dió un sabor bastante amargo que terminaras tu artículo con un comentario bastante capacitista sobre las personas sordas. Entiendo que es una metáfora, pero recuerda el impacto que tienen. ¿Si escuchar sana, no escuchar es algo enfermo? ¿Escuchar es la cura y no hacerlo una enfermedad? ¿Lo sordo como algo inhabitable, impensable, enfermo?

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