Cartas de Nueva York: la desigualdad como comorbilidad

Ilustración: Freepik

Vladimir Tlali Zúñiga

Si hace una década alguien hubiera dicho que, en el 2020, el desastroso manejo de una pandemia pondría a los Estados Unidos al borde de la peor crisis económica de su historia, evidenciando como nunca antes el inmenso grado de desigualdad y la extensa vulnerabilidad social del país más rico y poderoso de la historia; que empleados de la ciudad de Nueva York tendrían que excavar fosas comunes para lidiar con el aumento masivo en el número de cadáveres no reclamados, mientras que 85 cajas de tráileres con sistemas de refrigeración preservan los cerca de 10 mil cuerpos de quienes han fallecido por la enfermedad; y que el Presidente Donald Trump amenazaría a la Organización Mundial de la Salud con cortar el vital financiamiento estadounidense poniendo en riesgo 20% de su presupuesto, al mismo tiempo que promueve la rebelión interna contra las órdenes de distanciamiento social en los estados de Michigan, Virginia y Minnesota, uno pensaría que se trata del argumento de una muy extraña obra de ciencia ficción. Sin embargo, no lo es. Bienvenidas sean a nuestra realidad, el último episodio de esta gran tragicomedia americana.

En el contexto de una sociedad como la estadounidense, construida sobre la explotación económica basada en la diferenciación racial y étnica, no es de sorprender que las comunidades más afectadas por la epidemia sean como siempre las más pobres, las negras, las latinas y las de otros inmigrantes. En Nueva York, las personas negras están muriendo a una tasa dos veces más alta que las personas blancas; mientras que para las personas hispanas/latinas, este índice de fatalidad ajustado por edad por cada 100,000 habitantes es 65 % mayor que para las personas blancas.

En términos absolutos, a pesar de solo ser el 29 % de la población de la ciudad de Nueva York, al día de hoy las personas hispanas/latinas representan el 34 % de las fatalidades; las personas negras, con 22 % de la población, acumulan 28 % de las muertes; y las personas blancas, con 32 % de la población, contribuyen con 27 % de los decesos. A escala estatal el panorama es aún más lúgubre para las personas negras, quienes con tan solo 9 % de la población del estado de Nueva York concentran 18 % de los fallecimientos.

Si como la joven asambleísta socialdemócrata Alexandria Ocasio-Cortez afirma “la desigualdad es comorbilidad”, los datos y la teoría deben informar la generación de políticas públicas destinadas no sólo a atender a la emergencia, sino también a los factores estructurales que originan estos niveles alarmantes de desigualdad.

¿Cómo incidir positivamente en las determinantes sociales de la salud de nuestras comunidades, definidas ahora por la intersección de múltiples factores de discriminación como la raza, la etnia, la clase social, el estatus migratorio, el género, la orientación sexual, la identidad de género, el grado educativo, el dominio del inglés, entre otros? ¿Cómo integrar estrategias para contrarrestar la malnutrición, la obesidad, la diabetes, la hipertensión, el trauma psicosocial, el hacinamiento, la sobreutilización de sustancias, así como los efectos de la violencia estructural, institucional, intrafamiliar y simbólica?

Estas son las preguntas que, como sociedad –y especialmente como comunidades de color–, inmigrantes y otras minorías necesitamos hacer y hacernos. La cuarentena resulta así un momento ideal para detenernos a reflexionar y extender el campo semántico de lo posible. Para encontrarnos, dialogar y articular posturas comunes contra el fascismo y la supremacía blanca. Momento de imaginar políticas fiscales agresivas (tax the rich), y de impulsar la cobertura médica universal (Medicaid for all), pero también de ir más allá. 

Es momento de denunciar los aparentemente inocuos discursos con que las corporaciones, los gobiernos, e incluso las instituciones internacionales, buscan manipular nuestro agradecimiento y admiración hacia las y los trabajadores esenciales; especialmente porque la comercialización de la lucha del espíritu humano frente a la adversidad invisibiliza la responsabilidad bipartidista sobre décadas de políticas de ajuste estructural, recortes fiscales y políticas agresivas de flexibilización laboral. Esto, sumado a un sistema de salud privado cuyas pocas opciones públicas no cuentan con financiamiento, personal, o infraestructura suficiente, es tan causante de la situación en la que nos encontramos como la tragicómica centralidad de un villano como Donald Trump.

Éste es tiempo de llegar a donde nunca antes imaginamos: ¿Por qué no imaginar entonces una reforma migratoria inmediata para las y los trabajadores inmigrantes cuya labor sostiene a este país, desde los campos de siembra, las plantas procesadoras de alimentos, los hospitales y el comercio al por menor? ¿Por qué no imaginar que las ciudades retomen propiedad sobre inmuebles vacíos (activos financieros de corporaciones e inversionistas) para financiar la construcción de vivienda social, así como para cubrir los costos asociados con la cancelación de rentas y la moratoria de hipotecas?

Si ahora no es el tiempo, entonces, ¿cuándo?


La cuarentena resulta un momento ideal para detenernos a reflexionar y extender el campo semántico de lo posible. Para encontrarnos, dialogar y articular posturas comunes contra el fascismo y la supremacía blanca, pero también de ir más allá. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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