#PrestaPaLaOrquesta: un #TaxTheRich mexicano

Ilustración: macrovector

Carlos Brown Solà

La débil respuesta del gobierno federal mexicano frente a la crisis económica que ya está aquí responde a dos motivos. Primero, a una bajísima capacidad del estado mexicano para hacer frente a la tormenta económica y social de manera institucional, provocada sobre todo por los muy bajos ingresos públicos en México –somos el país que menos impuestos recauda respecto al tamaño de su economía dentro del club de los países ricos, la OCDE, y uno de los que menos recaudan en América Latina y el Caribe– y por la corrupción que ha permeado en prácticamente todas nuestras instituciones durante décadas.

Segundo, a la falta de voluntad política y a los enormes intereses económicos detrás para meterse con las grandes fortunas en México, quienes concentran una enorme proporción de los ingresos y de la riqueza que se produce en el país, pero que pagan muy pocos impuestos. Es decir, no contribuyen al dinero público como deberían dado el tamaño de sus carteras, lo que a su vez debilita la actuación y las capacidades del Estado mexicano. Ese dinero que no llega a los bienes y servicios públicos, disminuido aún más por la enorme corrupción en México, lo acaba pagando la población de su propio bolsillo: si en el hospital público no me atienden o tardan mucho en hacerlo, entonces pago una consulta en el consultorio de una farmacia privada. Un círculo vicioso que forma el ojo de un huracán que golpea a la sociedad mexicana todos los días, pero sobre todo en estos tiempos de crisis.

Cambiar ese paradigma de cómo entendemos –y, muchas veces, justificamos– la nula responsabilidad de las personas y empresas más ricas hacia el resto de la población, más allá de la idea de la filantropía o de la ilusión de la responsabilidad social empresarial –que debería ser el estándar mínimo que deberíamos exigir a las empresas como deber cívico–, es hoy más imperante que nunca al menos en el último siglo.

Ésta no sólo es una exigencia nacional, sino una ola global que no hará más que crecer. Hasta el conservador periódico británico Financial Times, uno de los medios de comunicación globales que más han enarbolado por décadas la bandera neoliberal, propuso recientemente en un mensaje editorial que ha llegado el momento de reformas radicales: “políticas consideradas excéntricas hasta ahora, como […] los impuestos a las rentas más altas, tendrán que formar parte de las propuestas”.

Muchas personas suscriben la idea de que echándole ganas, ya sea por su talento o por su esfuerzo, algún día formarán parte de esa clase social que “lo tiene todo”. Pero la aspiración clase mediera del echaleganismo es muy cruel, pues vende la ilusión de un club exclusivo del cual sólo unas cuantas familias y empresas son parte, y que no tiene intención alguna de extender su membresía.

En ese club no hay quien esté tratando de cumplir con el pago de sus hipotecas o de sus alquileres, o pagando viajes a meses sin intereses. Ahí se encuentra el 0.1% de la población que está hasta arriba de la pirámide social, con cuentas de banco y operaciones de montos con mucho más que seis dígitos; producto de herencias y/o concesiones del Estado sostenidas por décadas.

Hacer que las personas más ricas en México contribuyan por medio de impuestos a la respuesta frente a la crisis y en la nueva normalidad que construyamos es una utopía más que posible. Lo ocurrido en Francia, Estados Unidos y Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial es un recordatorio histórico de que no sólo se ha podido, sino que ha sido parte fundamental de los proyectos nacionales de estos países.

Esta utopía va más allá de imaginarios. Podemos pensar un plan de acción política para llevar los impuestos a las grandes fortunas en México de una utopía a la realidad, que considere al menos las siguientes seis decisiones políticas:

  1. Poner en el centro de todas las decisiones fiscales el principio de progresividad –que pague más quien más tiene, que todas contribuyamos en la medida de nuestras posibilidades y que se priorice en el reparto del dinero público a quien menos tiene.
  2. Una revisión profunda de la legislación para eliminar todos los privilegios fiscales y los huecos legales que hacen que haya una brecha tan grande entre los impuestos que deberían pagar las personas y empresas más ricas y lo que realmente pagan.
  3. A partir de los dos puntos anteriores, es importante escalonar aún más el impuesto sobre la renta. Un(a) trabajador(a) autónomo(a) –freelancer– en México no debería pagar la misma tasa de ISR que los dueños de empresas de telecomunicaciones que tienen ingresos al menos 20,000 veces mayores, por ejemplo.
  4. Revisar a profundidad los impuestos sobre propiedad que actualmente se cobran para aumentar su recaudación y su progresividad: el impuesto a las ganancias de capital por operaciones en bolsa, que apenas cobra 10% sobre las utilidades; el impuesto predial, que además dotaría a los gobiernos locales de los ingresos que ahora urgentemente necesitan, entre otros.
  5. Establecer nuevos mecanismos para cobrar impuestos de las personas más ricas. Esto incluye al menos dos medidas: un impuesto a la riqueza, como el que propusieron Warren y Sanders durante las primarias demócratas, y que permitiría recaudar miles de millones de pesos; el restablecimiento en México –porque ya existió en algún momento– de un impuesto a las grandes herencias, que ayude a reducir la transmisión de la riqueza entre generaciones.
  6. Combatir la evasión fiscal internacional con un compromiso de verdad del gobierno mexicano con las reformas que se proponen desde la OCDE y el G20, con miras hacia la construcción de un nuevo sistema tributario internacional.

Sin embargo, esta propuesta de ruta de acción será inviable mientras, como sociedad, no subamos el costo político del actual arreglo fiscal que beneficia a unas pocas personas y empresas, a costa del resto de la población. Que las autoridades, los partidos políticos y las empresas sepan que el estatus quo que nos llevó a este punto no puede seguir como hasta ahora. Nuestra nueva normalidad tras esta crisis no será muy distinta de la que teníamos hace apenas unos meses si no nos atrevemos a tocar los privilegios de las personas más ricas de nuestra sociedad.

Nuestra nueva normalidad tras esta crisis no será muy distinta de la que teníamos hace apenas unos meses si no nos atrevemos a tocar los privilegios de las personas más ricas de nuestra sociedad. #UtopíasPosibles

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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