Misma frecuencia

Kim Piaget

Hace no tanto tiempo comenzamos a vivir en sociedades “modernas”, lo que tuvo un impacto en la forma de organizarnos. Nuestros espacios de trabajo cambiaron, volviéndose numerosos allá, “afuera”, en lo público. Nuestras viviendas también cambiaron, haciéndose más pequeñas y más próximas entre ellas. Y el lenguaje que teníamos entonces se dejó de hablar, porque surgieron nuevas expresiones para explicar la vida según una nueva organización del trabajo.

Si bien la división de tareas entre integrantes de un grupo ha dependido históricamente de la actividad económica principal de ese grupo (léase medios de producción), también ha sido definida por una jerarquización de perfiles al interior del grupo. El sexo, el color de piel, la capacidad física, incluso el estatus civil, han sido categorias empleadas para designar quién hace qué, y cómo se les va a remunerar. El problema es que el trabajo que produce “algo” a cambio de un beneficio se considera de mayor valor que el trabajo que mantiene a “alguien” con vida, y esta arbitrariedad refleja un malentendido fundamental sobre la importancia de cuidar el bienestar público para asegurar la bonanza de esa misma sociedad.

El trabajo de cuidados precede a cualquier otro como la base de funcionamiento de cada modelo económico y social jamás implementado, aunque no siempre con un reconocimiento proporcional a su aporte. En nuestras nuevas ciudades, se precipitó el entendimiento del cuidado como una necesidad individual dentro de agrupaciones sin obligaciones entre con sus integrantes. El cuidado, como otros tipos de trabajo, se profesionalizó. Ha dejado de ser algo común a grupos para ser algo específico a individuos, y aunque algunas sociedades lo asumieron como un trabajo esencial y servicio público dentro de un estado de bienestar, muchas otras lo convirtieron en un bien, o un servicio, para ofrecerlo también por un margen. 

Esto último no sorprende. Al final del día, hay una lógica económica para la organización social, que no ha sido acompañada, por lo menos no en todas las agrupaciones, por una lógica de cuidado colectivo y bienestar común. Es una lección dura que nos ha dado esta pandemia, y que tal vez nos acerca a resolver este malentendido de una buena vez.

Una de mis mejores amigas vive en Suecia, y labora como trabajadora social. Cuando le pregunté por qué consideraba que su trabajo era importante, me respondió que ella entendía el trabajo social como un “sintonizador de frecuencia”. Es decir, una labor que permite facilitar el diálogo entre personas dentro de una sociedad, aclarando cuáles son las diferentes experiencias que se viven, y cómo eso puede dar forma a diferentes dinámicas según lo que se promueve desde la política económica y social.  

“Si no logro establecer esa relación con las personas con las que trabajo, terminamos todos en torre de Babel y nada cambia para las familias”.

La imagen de Babel que mi amiga utiliza me recuerda al adjetivo “scrambled” que se emplea en inglés para hablar de un código o audio que no se entiende. La solución a un problema de este tipo es simple, “unscramble it”: decodifica y resuelve el malentendido.

Pienso en cuántas personas hoy se han convertido en trabajadoras sociales de facto a raíz de la pandemia: los esquemas de Ayuda Mutua (Mutual Aid en inglés) se multiplican en las ciudades a lo largo del globo, y las personas se ofrecen para hacer mandados, cuidar a sus vecinas(os), reemplazarles en tareas cotidianas, y ofrecerles un espacio en caso de no tenerlo. Pienso en cómo eso podría cambiar la forma en que entendemos y después reconocemos el valor del cuidado y el bienestar. 

Quiero pensar que no es demasiado optimista pensar que el trabajo social, por lo menos en estados que impulsan políticas de bienestar, puede ser un decodificador entre grupos de personas que hablan distintos lenguajes económicos y no se entienden. Me imagino cómo nos ayudará a desarrollar una escucha social y comunitaria. 

Quiero pensar que la expresión de solidaridad es una manera de sintonizarnos con otras personas y hacer una traducción social de objetivos compartidos. Me imagino cómo desde nuestros sectores, impulsamos a relacionarnos distinto para exigir que las oportunidades que ofrece nuestra sociedad no disten de trabajo en trabajo, ni tampoco de trabajador(a) en trabajador(a).

Quiero imaginarme que esto es clave para revalorizar el cuidado y el bienestar en grupos que se aferran a márgenes y ganancias. Me imagino cómo desde una educación pública, comenzamos a desdibujar el espacio privado y público, reduciendo nuestra tolerancia hacia la idea de “problemas ajenos” detrás de “puertas cerradas”.

Me imagino cómo empezamos a hablar el lenguaje de lo común, de lo compartido, y de lo justo. Me imagino que empezamos a entendernos.

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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