Repensar los trabajos esenciales

Alejandro de Coss

Enfermeras, trabajadores agrícolas, personal de limpieza, choferes. Trabajos que hasta hace un par de meses el gobierno británico había definido como “poco calificados” hoy son considerados esenciales. El cambio no ha sido el resultado de una profunda reflexión pública sobre qué trabajos son más valorados y cómo se retribuye ese valor. Lo que ha desencadenado este rápido giro ha sido el impacto social, particularmente en salud, de la pandemia relacionada con el virus Covid-19. 

¿Qué significa la definición de “esencial” en este contexto y cómo puede ayudarnos a imaginar otras formas de organizar el trabajo en las secuelas de esta emergencia? Hablo desde la experiencia británica, al ser aquí donde vivo y trabajo desde hace varios años. Creo, sin embargo, que esta discusión puede resonar en otras latitudes, sin ignorar las profundas diferencias que existen entre nuestras geografías.

En cierto sentido, todo trabajo es esencial en al menos dos formas. Por un lado, un trabajo permite a la mayoría de las personas obtener lo suficiente para subsistir (aunque los números de pobres en trabajo aumentan en el Reino Unido, como en tantos otros lugares, al tiempo que ). Por otro lado, el trabajo permite la reproducción de la sociedad y la economía en un sentido más amplio. Es el trabajo aquello que mueve al mundo, desde el transporte de mercancías hasta el cuidado de los más vulnerables. Esto no es nuevo. Lo distinto es cómo esta idea, rechazada sistemáticamente por el partido Conservador, en el poder desde 2010, ahora es aceptada y promovida abiertamente. Hasta hace muy poco, una forma de cumplir con las promesas que impulsaron la victoria del Brexit era imitar la migración de estos trabajadores “no calificados”. Hoy, empresas agrícolas envían vuelos chárteres para traer obreros eventuales del este de Europa y las desiertas calles del Reino Unido se llenan del sonido de los aplausos para las trabajadoras de la salud, ¿agradeciendo? a estas trabajadoras esenciales.

Este reconocimiento, importante pero insuficiente, abre la puerta para repensar los mundos del trabajo de dos formas. La primera tiene que ver con el valor de los trabajos de cuidados; la segunda, con la forma en la cual este valor se retribuye social y económicamente. Las formas dominantes de pensar el valor y rol del trabajo, ya sean dentro de esquemas (neo)clásicos o marxistas ortodoxos, se enfocan principalmente en la producción. El trabajo de cuidados, y su rol en mantener relaciones, objetos y espacios, quedan en segundo plano, ignorando el rol que han jugado en la historia de cómo las sociedades subsisten y cómo la economía funciona.

Hoy, en un mundo en el cual la riqueza se obtiene a través de las finanzas y la extracción de rentas, el rol de la producción en el sentido clásico se vuelve aún menos central. Son aquellos trabajos de cuidado, entendido en un sentido amplio que incluye a la salud, pero también al mantenimiento y reparación de objetos, espacios y relaciones, los que, por un lado, emplean a la mayor cantidad de gente y, por otro, permiten que economía y sociedad subsistan. Así, estos trabajos serían esenciales no tanto como resultado de una crisis puntual, sino como una cuestión estructural que va más allá de aquélla.

Sin embargo, el reconocimiento del valor y la importancia del trabajo no resulta automáticamente en mejores condiciones para estas obreras. En la actual coyuntura, enfermeras y médicas en el servicio nacional de salud británico (NHS) están cargando con la responsabilidad de enfrentarse a un virus mortal. Lo hacen sin suficiente equipo, sin acceso a pruebas que les dejen saber si han sido infectadas y, en el caso de las enfermeras, con salarios bajos y condiciones precarias de trabajo. Al mismo tiempo, numerosos obreros continúan trabajando en sitios de construcción, repartiendo mercancías y operando supermercados Lo hacen con contratos igualmente precarios, en muchos casos sin acceso a la seguridad social, y sin poder aislarse. Ambos grupos comparten algo: sus empleos son esenciales, pero las condiciones en las que trabajan y viven muestran cómo, en la actual forma de organizar la economía y la sociedad, son dispensables. 

No todo es negativo. Tal vez este reconocimiento prefigure otras formas de organizar el trabajo. Para ello, es necesario pasar de los aplausos y los agradecimientos a acciones políticas y económicas concretas que transformen las formas en las cuales vivimos y trabajamos. Muchas organizaciones sindicales y de ayuda mutua ya encabezan esta labor. En lo que se refiere a los trabajos de limpieza, seguridad y servicios, algunos sindicatos como el IWGB y el UVW llevan tiempo organizando a trabajadoras, en su mayoría migrantes, y obteniendo victorias significativas que han mejorado sus niveles de vida. En la actual coyuntura, organizaciones de ayuda mutua buscan activamente socializar el trabajo de cuidados, incluyendo a vecinos y amigos en nuevas alianzas que se centran en la solidaridad. Al mismo tiempo, la precaria situación del sistema público de salud y de sus obreras se vuelve imposible de ignorar, reforzando los llamados a detener la privatización y aumentar la inversión pública. Para que estos cambios sucedan y perduren no es posible poner la decisión en las manos de un estado cuya prioridad histórica ha sido el capital y no el trabajo.

Al tiempo que la lucha por el poder estatal avanza, tal vez sea posible construir formas de organización y mutualidad que le excedan y que se centren en el cuidado y el reconocimiento de esta labor esencial. Algunas de estas emergen ya, (re)conectándonos en medio del distanciamiento; el reto será mantenerlas vivas, vibrantes, abiertas y creativas en los futuros que sigan a la pandemia. 

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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