Resistir la tentación marcial

Tessy Schlosser

Mientras el número de personas infectadas con el COVID-19 aumenta, la política empieza a ceder ante el ideario militar. En Hungría, el parlamento considera un proyecto de ley que otorga al primer ministro Orbán poder por decreto en un estado de emergencia sin tiempo límite. Ahí mismo se propuso encarcelar hasta por cinco años a quienes propaguen información falsa sobre el virus y ocho años a quienes rompan el “distanciamiento social”.

El caso de Hungría es paradigmático, pero no único. A momentos, responder así parece la única opción. El contagio del virus es exponencial y existen algunas medidas que pueden ayudar a manejar la rapidez del contagio y, por lo tanto, la intensidad de su impacto. Si no se toman medidas drásticas y agresivas, el virus enemigo nos va a vencer. Esta lógica, sin embargo, piensa la situación terrible que vivimos, y las posibles respuestas a ésta, por medio de una metáfora de guerra, pero una pandemia no es una guerra y pensarla como tal tiene el riesgo de convertirla en una.

Reducir la política a un ideario de guerra tiene el peligro de acabar con aquello que la política promete: el cuidado, el imaginario futuro, la unión. La guerra no es la continuación de la política por otros medios, como dicen que decía Carl von Clausewitz, sino su negación. Paradójicamente, un diálogo de Platón, el filósofo griego con fama de autoritario, ayuda a entender los riesgos de usar la metáfora de la guerra cuando queremos entender lo que implica ser una persona política para lidiar con situaciones que requieren de una atención particular al cuidado, la imaginación y la unión.

En el diálogo del Político, Platón nos ayuda a entender lo que implica ser una persona política, pero no por medio de darnos una definición exacta de qué es la política, sino a partir de mostrar a sus lectores los riesgos que la hacen desaparecer. En su libro, Poetic Justice, Jill Frank escribe que, contra la tradición platónica-autoritaria en la que Platón declama sus propias ideas usando a voceros, el más común de éstos Sócrates, de hecho se puede leer a Platón como alguien que escribió sus diálogos con un fin pedagógico distinto. Platón escribió en el tiempo de la Guerra del Peloponeso, después del colapso de la democracia y durante un momento donde muchos griegos aprendían a leer. Leer a Platón de este modo implica imaginar una técnica pedagógica en la que no hay ejemplos a seguir, sino ejemplos fallidos de los que se puede aprender sobre ciertos temas específicos.

En el diálogo del Político, hay una conversación que se desarrolla entre un joven y alguien que simplemente aparece como “el extranjero” y que usualmente se lee como hablando en nombre de Platón. En este diálogo, ellos buscan definir qué implica el ser una persona dedicada a la política y para ello, imaginan tres trabajos que usan como metáforas: el pastor, el creador de mitos y el tejedor. Mientras tratan de definir a la persona política, cada una de estas metáforas falla. La pregunta más importante cuando éstas fallan, la forma de ver críticamente esos fracasos, es ¿qué hace que todas estas metáforas se malogren y qué se puede aprender de esas fallas?

Tres temas en la política se vuelven evidentes en este diálogo: el cuidado del pastor, la imaginación del contador de mitos y la técnica para unir del tejedor. Claro, Platón describe estos tres trabajos como trabajos de hombres, pero si consideramos nuestro propio contexto, es difícil pensar que los trabajos de cuidar, imaginar y unir sean trabajos particularmente masculinos, como sí lo es la guerra. Tampoco lo fueron en la antigua Grecia, en donde eran los hombres ciudadanos y libres los únicos que podían participar de hecho en la política de la ciudad… una ciudad en donde la democracia se había subsumido en la guerra. De ahí la especial importancia de volver estos trabajos visibles y entender qué los pone en peligro. Varios de los momentos en los que los argumentos metafóricos que el joven y el extranjero desarrollan fallan, son cuando imágenes y nociones de guerra se insertan en las tres metáforas, por mostrarse duros, racionales, activos. Quizás entonces, la invitación de estas metáforas fallidas no es el de desechar el trabajo de la pastora, la contadora de mitos o quien teje, sino encontrar las formas en las que el arte político, el cual consiste en cuidado, imaginación y unificación se muestra fallido en cuanto el impulso de gobernar con un ideario de guerra emerge. Un cuidado de supervivencia militar, una imaginación guerrera, un tejedor marcial terminan por deshacer lo que cuidan, colapsar lo que se imagina, deshilachar lo que se teje.

La forma en la que el tema de cuidado se desarrolla en la primera parte del diálogo, donde se habla de cuidado, es particularmente relevante para pensar en la política en estos momentos, un momento en el que, como escribe Anne Boyer, una enfermedad exponencialmente viaja dentro de los fuertes para afectar a los más vulnerables. En esta parte, aparecen tres formas de cuidado: el nutrir, el atender y el curar. El nutrir es el cuidado básico de la supervivencia para poder iniciar la vida; el curar, el cuidado de la supervivencia para poder no terminar la vida, pero el atender es aquello por lo que el pastor se caracteriza, una mezcla de atención a cada animal en su singularidad así como al rebaño completo. De esta misma forma podemos entender el trabajo de imaginación y tejido: una atención a los detalles, a cada uno de los hilos, así como a la historia y la tela completas. El trabajo político es de este modo el trabajo de asistir el inicio de la vida, de darle seguimiento atento, y de asegurarse que esa vida pueda expandirse, en la medida de lo posible, tanto singular como colectivamente. Una no toma prioridad sobre la otra, sino que están entretejidas.

Hace unos días, en México AMLO declaró que “lo más importante de todo es la vida, la salud, y eso es lo que se está protegiendo.” Mientras, el presupuesto militar incrementó. La inserción de lo militar en el trabajo de cuidado aparece. Viendo esto, uno recuerda que hay más de una forma de supervivencia. La preocupación por sobrevivir hierve en todo el mundo, pero si recordamos los tipos de cuidado de los que hablaba, es fácil perder de vista los múltiples registros, todos interconectados, en los que las personas sobreviven, y en los que las personas políticas, todas nosotras, nos ocupamos. La respuesta que a simple vista a muchos les parece la más adecuada—policías y militares en la calle, estado de excepción, la priorización de un tipo de supervivencia sobre otros—toma la escena para presentarse a sí misma como la única: borra los miles de posibles patrones que existen en los espacios entre hilos, entre las personas.

Lo difícil, lo que una situación como esta pandemia pide, es presenciar el dolor de la enfermedad y el contagio, el colapso económico y la violencia doméstica exacerbada y resistir esa tentación marcial que promete la supervivencia, la mítica gloria y la capa de superhéroe, pero que finalmente colapsa la política con la que las personas debiéramos cuidarnos, imaginarnos y unirnos.

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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