Llenar el vacío

“Del futuro, cabrón, también a veces debe uno salirse”

Emiliano Monge

Damián Carmona

En los movimientos sociales es fácil encontrar, en distintos tiempos y momentos, la eterna utopía del fin de una realidad que nos niega el derecho a vivir con dignidad. La realidad se nombra según el movimiento o el dolor: la quiebra del sistema capitalista, la caída del patriarcado, el fin de los Estados nación, entre otros. La ruta, dicen, es la revolución. Quizás algunos sin saber a qué costo, con qué forma, o en qué tiempos, trayendo rápidamente los imaginarios armamentistas; otros más creen y apuestan a revoluciones más silenciosas, como la utopía.

Lo cierto es que hay momentos que emergen para demostrar lo frágil que es aquello a lo que llamamos ‘cotidianeidad‘. Un virus surgido en China encuentra gran fuerza de propagación en Europa, se desprende hacia todo el planeta, las bolsas caen, el futuro macroeconómico de las naciones se ve pantanoso, pero, ¿qué pasa en la cotidianeidad de los sujetos?

Para unos, su mayor pérdida ha sido la de la rutina y el contacto con el exterior. Han decidido, porque su condición de clase se los permite, recluirse en sus casas, no sin antes llenar la despensa, comprar un par de libros, una consola de videojuegos, contratar un servicio de televisión por cable, o qué sé yo. Hacen de las redes sociales su bitácora de cuarentena, comparten nuevas actividades que quizás les eran difíciles o imposibles dentro de su rutina. Con tristeza ven cómo sus planes vacacionales o de recreación deberán ser pospuestos, e incluso hay algunas personas a las que esta necesidad, convertida en privilegio en naciones como México, les ha brindado una cierta superioridad moral para juzgar a quienes no se quedan en casa.

Mientras unas personas se resguardan, la vida afuera –con sus matices y sus bemoles– sigue. Unas quizás por un sentimiento de inmunidad, más parecido a la irresponsabilidad, pero otras más porque, justo por las condiciones del sistema político y económico que pareciera se ve amenazado por la propagación del virus, tienen que seguir trabajando porque viven al día y no hay Estado ni patrón que vea por ellas. Éstas últimas también le temen al virus, sí, porque sus actividades económicas se ven amenazadas, pero también porque desde años se han prohibido darse el lujo de enfermarse; ellas no podrán llenar su alacena ni comprarse una consola de videojuegos.

Un virus y dos realidades distintas de las que se desprenden mundos diversos con conflictos puntuales y preocupaciones personales. 

Un virus y diversas estructuras que se han visto trastocadas por él, aunque los noticieros sólo apunten a una gran estructura: la económica. 

Pero para los militantes de la revolución silenciosa que llamamos utopía, fluye como certeza que el hecho de que hay otra estructura que parece no volverá a ser la misma: la social.

Desde la crisis económica de 2009, el mundo ha venido explotando lentamente. Tomo esta expresión del filósofo esloveno Slavoj Zizek quien, en octubre pasado, la utilizó en un video de apoyo a las protestas en Chile en contra del gobierno de Sebastián Piñera. Pero lo ocurrido en Chile no es ajeno a las protestas ocurridas, el mismo año, en Hong Kong; a la fuerza que va tomando con los años el movimiento feminista, o a lo ocurrido en 2011 con movimientos como el 15-M Occuppy Wall Street. El mundo, que no es más que otra manera de describir no a la forma material del planeta, sino a la realidad que nos niega el derecho a vivir con dignidad, va explotando lentamente porque nuestras maneras de relacionarnos han ido cambiando dolorosa, lenta y profundamente.

El tiempo es inmejorable; el derrumbe del estilo de vida, o una forma cotidiana de vivir la vida, que se experimenta justo en momentos de crisis, como lo puede ser una guerra, una crisis económica, o una de salud que interrumpa las actividades cotidianas, no es otra cosa que la posibilidad de reflexión para hacer las cosas de forma distinta. Estamos cerca de la utopía, pero caminando por el otro lado con el retorno de un sistema capitalista en agonía; el mundo va explotando lentamente, pero debemos llenar ese vacío de imaginación, de la posibilidad de un mundo donde quepan muchos mundos.

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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