¿A qué le tenemos miedo?

“No sé quién necesite escuchar esto, pero el hecho de que bajemos el ritmo y gastemos un poco más de tiempo en casa sea automáticamente algo malo para la economía significa que, espiritualmente, podría haber algo malo con nuestra economía”

Leído en Instagram

Kim Piaget

Nos hemos frenado en previas ocasiones, pero nunca de esta manera. Nunca tanta gente, al mismo tiempo, de jalón e involuntariamente. 

Mucho tiempo llevamos teorizando sobre modelos económicos circulares, de decrecimiento, que nos ruegan ralentizar la depredación de nuestros ritmos económicos. Pues esta pandemia nos impone un brusco alto, y una oportunidad de detenernos a reflexionar. A sentir, incluso. Como ha twitteado Jason Hickel, en este momento se acaba el realismo capitalista, y de repente, se abren (todas las) posibilidades.

Por ello, antes de interponer el reclamo a medidas urgentes, y antes de analizar soluciones de política pública, hay que reconocer que nuestra perspectiva económica no nace en su totalidad en lo racional, sino buena parte en lo gutural y en nuestra moral: ¿Qué es lo que realmente nos importa? ¿a qué le tenemos miedo? ¿cuál es nuestro principio de acción?

El entretejido de valores, experiencias y creencias que define nuestras actitudes económicas está a prueba durante esta pandemia. Por un lado, emergen el individualismo que se moviliza rápidamente a asegurar lo material, la impasibilidad detrás del “desconectarse” de toda esta “negatividad”, y la resignación que busca convencer(se) que el poder de acción de las personas es inexistente. Por otro, resisten la inquietud de hacer “algo” a “toda costa”, la ansiedad de ver a otros y otras pasarla mal, y finalmente la agitada exigencia de que todo podría ser distinto.

La pandemia nos ofrece un conflicto económico que va más allá de productividad, crecimiento, y bolsas de valores. Va incluso, más allá del reclamo de derechos individuales porque, como argumenta Leon Fink, en el momento en que la salud de alguien queda desprotegida, entonces nadie tiene realmente protección. El argumento de salud y bienestar colectiva se vuelve tanto literal como absoluto, algo que desde teorías feministas ha sido un concepto muy claro: nadie es libre hasta que esa libertad se extienda a todas.

Ahí que el conflicto encuentre su detonante en la discusión filosófica sobre la cual están fundadas las colectividades (estados-nación) que hoy buscan hacer frente al contagio: ¿qué tanto creemos en el imperativo de asegurar el bienestar absoluto de nuestras comunidades? En caso de que la respuesta sea “mucho”, ¿cuánto estamos dispuestas a invertir en mantener un principio de solidaridad? Pero sobre todo, desde la lógica de gobernanza en la que se basa un pacto social, ¿a qué tipo de acuerdo vamos a dar nuestro voto, contribución y consentimiento?

Pocas discusiones sobre economía empiezan por estas preguntas, pero más veces que no, el dinero va siempre a reflejar lo que como sociedad nos importa más, lo que nos da más miedo, y los principios que nos rigen. Hoy en día nuestra economía refleja que la vida y dignidad humana no han sido prioridades.

Entendernos dentro del “nos” es esencial para poder consentir sobre las prioridades elegidas desde la solidaridad social. No sólo durante las crisis, y no solamente con ciertas otras personas.  La economía es un espacio donde podemos rehacer y ejercer comunidad.

Nuestro diálogos, además, necesitan evolucionar más allá del “privilege check” [la revisión de los privilegios]: una dinámica de pasar lista , decir “¡presente!”, y al final seguir separando a quienes juegan entre cancha y banca.

Si bien hoy el juego en cancha resulta paralizante para el privilegio, hay que tomar este tiempo fuera y para volver a entrar, ahora sí, como equipo.

Publicado por Utopías Posibles

Un archivo de futuros que parecen imposibles, pero no lo son

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